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Apuntes sobre una reformulación del discurso y la acción cultural en Córdoba

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Javier Lucena, Sociólogo

Ha trabajado tanto en el ámbito de la gestión cultural como de los servicios sociales en la administración pública, pertenece a la plataforma Mesas de Convergencia de Córdoba, donde colabora, junto a otros compañeros y compañeras, en la edición de las revistas Con-ver-Gente y Rebel-Arte.

Un auténtico cambio cultural pasaría, a juicio del autor, por una modificación del discurso y la acción al respecto en la ciudad que, abandonando la mera queja, intente configurar un sujeto autonómo en lucha por la hegemonía cultural, hoy ejercida por la alianza del lobby turístico empresarial con los poderes públicos.

Apunte 1.- Córdoba, ¿dónde la comunidad cultural?:

Partamos de un somero inventario, no exhaustivo, de algunos de los principales acontecimientos culturales de los últimos años en nuestra ciudad: el fracaso del proyecto de la Capitalidad Cultural, que no fue sólo la pérdida de la nominación, sino el comienzo del fin en Córdoba del enfoque gran evento; el surgimiento de numerosas iniciativas autónomas de pequeño formato como Teatro Avanti, la Casa Azul, El Arsenal, la Bella Varsovia, Combo, CosFera, La Culpable, el Centro Creativo La Pérgola, etc., etc., que no obstante no logran – todavía – dominar el panorama cultural de la ciudad; la supeditación de la cultura a las políticas turísticas, con el consiguiente predominio de la componente económica más depredadora del entorno; el seguidismo insustancial del periodo PP respecto a las políticas culturales anteriores; las deficiencias de las infraestructuras culturales (la eterna reforma del Museo Arqueológico; la prescindible rehabilitación del Museo Taurino; la dilación del C4 y otros equipamientos); el aplastante peso del nuevo Centro de Congresos en el debate público y en las inversiones culturales; la debilidad de una economía local incapaz de ofrecer medios de vida dignos a los artistas de la ciudad…

El papel subsidiario y desestructurado de la cultura que refleja este inventario se refleja en la incapacidad del sector para plantear una plataforma reivindicativa común, un discurso alternativo colectivo, limitándose a quejas parciales y a iniciativas aisladas, cada una en su particular parcela.

Un ecosistema cultural, el de nuestra ciudad, que no se articula como comunidad.

Apunte 2.- Turismo, eventos y heteronomía cultural:

Con todo, quizás el principal rasgo de ese ecosistema cultural cordobés de los últimos años sea su heteronomía, es decir, la apuntada supeditación de la cultura al negocio turístico, lo que ha provocado un daño importante no sólo a la cultura, sino al conjunto de la ciudad.

Sin el papel jugado por el lobby turístico, en connivencia con el poder político, no se entenderían los magnos eventos, ni los mayores despropósitos de la inversión pública megalomaniaca que ha sufrido y sigue sufriendo esta ciudad: las decenas de millones de euros enterrados en un aeropuerto sin aviones o en el culebrón del Palacio de Congresos de una ciudad patrimonial, ubicado finalmente en un polígono industrial.


Frente al manido discurso del turismo como riqueza de la ciudad, la realidad apunta a que se trata de un sector donde prima la precariedad del empleo, con salarios ínfimos y alta presencia de irregularidades laborales de todo tipo; un sector cuyos máximos beneficios salen fuera de Córdoba, por vía de los grandes grupos hoteleros, dejando atrás sólo las migajas y una ciudad cada vez más banalizada, convertida en un parque temático del costumbrismo, la versión de la ciudad como postal añeja, su mercantilización como foto fija que viene del pasado y que debe permanecer inalterable. Eso por no hablar, del desplazamiento de la población autóctona de la zona más patrimonial y su sustitución por negocios de todo tipo, muchos de ellos poco o nada respetuosos con el entorno, con el uso convivencial del espacio público.

Si queremos recuperar el papel autónomo, liberador de la cultura, hay que someter a profunda revisión la política turística de Córdoba, apostando por un nuevo modelo turístico que limite las capacidades de carga; destematice la Judería y el entorno de la Mezquita, insuflando vida ciudadana en el entorno; imponga una aportación de las grandes empresas turísticas a la sostenibilidad del patrimonio; reduzca el impacto negativo sobre la ciudad de la actividad turística; proponga un acuerdo entre los agentes por la generación de empleo de calidad en el sector, incluidos controles y auditorías; fomente la contribución a la oferta cultural de la ciudad, dando salida a los creadores locales; etc. Pero sobre todo, en ese nuevo modelo, los poderes económicos deben quedar sujetos a la voluntad políticodemocrática representativa de la ciudad y no ejercer como virreyes sectoriales que detraen recursos públicos en beneficio propio, so pretexto de su dudosa y problemática contribución a la riqueza local.

Y, sobre todo, huyamos de los grandes eventos como de la peste.

Apunte 3.- El cambio inmóvil:

En ese contexto de supeditación al lobby turístico, además de su actitud cómplice con el mismo, las instituciones públicas han mantenido un triste papel cultural. La Diputación, liquidando cuanto de innovador había puesto en marcha en años anteriores (Fundación Botí, Sala Puertanueva, el programa Periféricos…) La Junta de Andalucía, sin apenas más presencia que como fantasma en pena por los salones vacíos de un C4 abandonado antes de nacer. Y qué decir del Ayuntamiento, que presenta como un éxito el mantener lo que había, la continuidad de lo previamente existente. Pero este cambio inmóvil (1) tiene evidentes costurones que lo ponen en cuestión: las amenazas a la viabilidad de la Orquesta de Córdoba; la precariedad de medios, al borde del colapso, de la digna red municipal de Bibliotecas; la reapertura de un Museo Taurino con contenidos decimonónicos similares a los que tenía en su creación, ignorando las visiones críticas del fenómeno taurino que se

vienen abriendo camino; la salida de la Sala Victoria del ámbito cultural para sacrificarla a la hostelería; el abandono de La Pérgola más de tres años, demorando la puesta en marcha de uno de los mejores proyectos creativos de esta ciudad; la renuncia al Centro de Visitantes, por no autorizarles su conversión – cómo no – en un recinto hostelero; la inhibición cómplice ante la apropiación de la Mezquita y un gran volumen del patrimonio local por el Obispado, con un claro ataque a cualquier filosofía ecuménica y dejando en una patética milonga el tan traído y llevado paradigma de Córdoba, la Córdoba de las tres culturas y el diálogo intercultural; o la remodelación de un edificio tan emblemático como el antiguo Convento Regina para Museo Cofrade. Y así podríamos seguir hasta el agotamiento, poniendo en evidencia un deterioro por podredumbre de unas políticas culturales que persiguen la inmovilidad, el fin de la historia local, una foto fija que vender a los visitantes, foto fija que se muestra en todo su esplendor en esa invasión de muertos vivientes, esa plaga de estatuas costumbristas que padece la ciudad.


Apunte 4.- El disco rayado del quejío contemporáneo:

Pero no valen excusas: la ausencia de capacidad organizativa, de presión e interlocución de los propios creadores también contribuye a este estado de cosas. Reconozcámoslo: no existe un sujeto cultural, aunque sí haya actores culturales. O peor aún: no existe un discurso/acción que formule un sujeto cultural autónomo a la vez que lo constituye. Porque no existe un espacio cultural fijo y predeterminado, sino que ese espacio se construye día a día y cambia continuamente, ese espacio lo determina quien lo nombra y actúa discursivamente sobre el mismo desde posiciones de lucha por la hegemonía y no desde el lamento o una vocación de marginalidad o desde la endogamia (2).

Porque más que discurso, lo que ha habido ha sido un lamento, un largo y sostenido lamento en torno a lo contemporáneo. Parece obvio – o debiera parecerlo – que toda cultura que se hace en la actualidad es contemporánea, casi por tautología, si tomamos la segunda acepción que da el RAE a esta palabra: Perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive.

En tal sentido, un falso debate ha atenazado la ciudad. Falso en cuanto los agentes culturales han permitido que el terreno de juego lo defina y trace la santa alianza entre mercado (industria turística) y poder político. Y ese terreno ha sido el de la cultura como identidad.

Ese quejío contemporáneo, que se repite una y otra vez en los últimos años – ya demasiados -, y que paradójicamente nos remite no a lo más actual sino a lo más arcaico, al tradicional lamento tan característico de esta tierra de María Santísima, quedaba recogido recientemente en el resumen que se ofrecía de los debates al respecto realizados en el centro Combo (3): Y aún cuando sus elementos tomados por separado son veraces, sin embargo el diagnóstico no acierta porque no es capaz de dotarse de un sentido, de definir un terreno de juego autónomo, un discurso propio que pugne por la hegemonía.

Define Alba Rico (4) cuatro acepciones de cultura: una antropológica, la que nos constituye en seres humanos y nos separa de la naturaleza; otra identitaria, aquella que habla de nosotros como diferentes de otros; una tercera, la que a partir de la memoria, la imaginación y el pensamiento se opone a la ignorancia; y, por último, la creativa, la que busca establecer unas obras, un espacio perdurable y compartido por todos los seres humanos. Pues bien, el terreno de juego lo han definido en esta ciudad, desde arriba, en el ámbito de lo identitario, de modo que tradición se contrapondría a contemporáneo, y en ese campo de juego los creadores, que entraron al trapo, no podían, no pueden sino ir a la defensiva.

Apunte 5.- La construcción y la acción de un discurso cultural autónomo.

Hay, pues, que cambiar el terreno de juego, un terreno que definan los agentes culturales ciudadanos. Un terreno que propicie la vinculación, bajo un discurso autónomo, de esos agentes, pero que también pelee decididamente por la hegemonía, por atraerse a las mayorías; un discurso que debiera primar la cultura como creación y situar ahí la confrontación.

Como parte de ese proceso, los agentes culturales tienen también que resituarse en el contexto sociopolítico, buscar alianzas que les refuercen. No vale la estrategia de la simple demanda a las instituciones, esperando sus dádivas; tampoco la de la cofradía del santo reproche, una y otra vez denunciando la estrechez de miras de las administraciones públicas.


Resulta increíble y sorprendente que cuando el país, en estos dos, tres últimos años, a partir del 15M, ha vivido un proceso acelerado de cambio, los creadores locales hayan permanecido fuera de ese debate en cuanto tales. Nada parecido al colectivo Enmedio de Barcelona y sus talleres y acciones contra el mal, por poner un ejemplo, ha surgido en Córdoba; ninguna apuesta decisiva de los creadores por trazar una alianza con todos estos movimientos emancipadores que están poniendo en cuestión el orden sociopolítico y económico, que están contribuyendo a la reconfiguración de la polis.

De modo parecido, llama la atención que en el ámbito cultural no se haya producido ninguna experiencia de comunicación alternativa como tantas que, a pesar de sus limitaciones, han florecido en la ciudad en estos últimos tiempos, una vez más vinculadas a lo sociopolítico: Radio Dignidad, Onda Palmeras, Radio Kalle, El Entendedero TV, esta propia revista Rebel-Arte y su hermana Con-ver-Gente, etc. ¿No tienen nada qué decir a la ciudad los creadores locales, los proyectos y colectivos culturales?, ¿quién mejor que los artistas para dominar las herramientas de la comunicación?, ¿a qué esperan para hacerse visibles a través de sus propios medios autónomos?

O para terminar con esta relación de lo que no ha sido capaz de generar el movimiento creativo en Córdoba: ¿por qué no un Rey Heredia de la cultura, una Acampada Dignidad cultural? Resulta triste ver como la movilización en torno a la ocupación de este colegio no ha contado con una acción decidida y colectiva de los creadores y agentes culturales de nuestra ciudad, salvo muy contadas excepciones, y eso que sus protagonistas evidenciaron pronto que, entre sus reivindicaciones, también se incluía la acción cultural: biblioteca, lecturas de poesía, conciertos, etc.

Apunte 6: Cultura, derechos humanos y procomún:

A la hora de buscar algunos elementos que puedan contribuir al nuevo discurso/acción del sujeto cultural en Córdoba, hay dos componentes que estimo imprescindibles. Uno es el que tiene que ver con los derechos humanos y su extensión a la cultura, la mejor vía de engarce con esos otros movimientos sociopolíticos que pueden ser nuestros aliados en la búsqueda de una nueva hegemonía cultural en la ciudad.

Como mantiene Santiago Eraso (5), “hay que plantear una nueva visión de la cultura como bien común, que permita que no sea sólo una mercancía de consumo. Una cultura que a la par facilite el acceso democrático y generalice unas condiciones dignas de vida a los creadores y trabajadores de la cultura, hoy pauperizados. Una cultura que sea sobre todo una herramienta de construcción de ciudadanía crítica”

Es esa construcción de un procomún – que sería el segundo componente – la mejor oportunidad para constituir una auténtica comunidad cultural, ajena a todo corporativismo, uno de los peligros y de las lacras que pueden abortar su propio nacimiento o existencia. Porque procomún y comunidad van indisolublemente unidos. “La relación entre procomún y comunidad es estructural – nos dicen ahora Antonio Lafuente y Alberto Corsín -, al extremo de que no hay procomún sin comunidad, ni comunidad sin procomún” Se trata pues de constituir una comunidad de afectados por la degradación de la cultura en nuestra ciudad, en primer lugar, y hacerla visible.

“Para hacerse visibles, para que su mal sea reconocido como tal, tendrán que probar su capacidad para identificar la naturaleza del problema, diseñar las variables que permitan rastrearlo, objetivar el conflicto que denuncian, enmarcarlo en narrativas verosímiles, movilizarlo por las redes pertinentes, cobijarlo bajo el manto de lo jurídico, conceptualizarlo buscando resonancias y acercarlo al lenguaje de los aliados. Nada exige más esfuerzo que hacerse visible, una tarea tanto más hercúlea cuanto más heterodoxa, periférica, minoritaria o marginal sea la situación de la que parte la comunidad, tras la degradación del bien que la constituye” (6)


(1)Tomo la expresión del libro El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias de una élite de poder (Córdoba, SS. XVI-XIX) Enrique Soria Mesa

(2)     Sobre estos temas, ver IC – Revista Científica de Información y Comunicación. 2014, 11. Conversación con Íñigo Errejón Galván. http://www.icjournal-ojs.org/index.php/IC-Journal/article/view/307/293

(3)   “Dificultad del público para acercarse al arte contemporáneo; carencia de pedagogía. Desinterés de las instituciones por el arte contemporáneo. Desencanto con el proyecto CC 2016 y su modelo espectacular y con el dirigismo político. Endogamia del mundo creativo e indiferencia hacia la sociedad. Falta de acción en red de los creadores y de estrategia de visibilización, contando con los medios de comunicación. Falta apostar menos por los eventos y más por la participación, la continuidad y la labor cotidiana” Para más información ver http://cordopolis.es/2015/01/20/cuatro-semanas-de-ideas-en-la-sala-combo/

(4)   El naufragio del hombre. Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico.

(5)   Democracia y acceso a la cultura. Santiago Eraso. https://santieraso.wordpress.com/2015/02/06/democracia-y-acceso-a-la-cultura/

Del mismo autor de El Diario.es: http://www.eldiario.es/norte/recuperar-sentido-social-Cultura-   concepto_0_370263113.html

(6)Economías y tecnologías del don. Antonio Lafuente y Alberto Corsín, en:

http://ecosfron.org/ecosfron/wp-content/uploads/DOSSIERES- EsF-16-El-procom%C3%BAn-y-los-bienes-comunes.pdf


 

RebelArte, Mesas de Convergencia y Acción Ciudadana de Córdoba

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